Un relato de misterio rural argentino.
En el campo hay caminos que parecen iguales durante el día, pero que, cuando cae la noche, se transforman en lugares completamente distintos. Los árboles parecen más altos, el viento suena como un susurro y hasta los perros dejan de ladrar cuando algo les llama la atención.
En un pequeño paraje rural, lejos de las luces del pueblo, existía un viejo puesto de adobe que llevaba muchos años abandonado. El techo estaba hundido en una de sus esquinas, las ventanas no tenían postigos y el alambre del corral colgaba como si alguien lo hubiera cortado hacía muchísimo tiempo.
Nadie vivía allí. Al menos, eso aseguraban los vecinos.
Sin embargo, todas las noches, exactamente a las doce, una luz amarillenta aparecía en una de las ventanas.
Y lo más extraño era que nunca permanecía encendida más de unos minutos.
El secreto del camino
Don Ramón, un puestero que conocía cada rincón de aquellos campos, decía que la luz era producto de su imaginación. Pero una noche tuvo que regresar tarde de una finca vecina y pasó frente al viejo puesto.
Al principio no vio nada.
Siguió despacio por el camino de tierra, alumbrando con los faros de su camioneta. Entonces, de golpe, la luz apareció detrás de la ventana.
Don Ramón frenó.
—¿Quién anda ahí? —gritó, aunque sabía que nadie podía escucharlo desde aquella distancia.
No hubo respuesta.
Bajó de la camioneta, tomó una linterna y caminó hasta la tranquera. El viento movía los pastos secos y una rama golpeaba suavemente contra la pared del puesto.
La luz se apagó.
En ese mismo instante, escuchó tres golpes provenientes del interior de la casa.
Toc. Toc. Toc.
Don Ramón sintió que se le helaba la espalda. Retrocedió sin quitar la vista de la ventana y volvió a la camioneta tan rápido como pudo.
Esa noche no contó nada. En el campo, pensó, hay cosas que es mejor no andar comentando.
La visita inesperada
Pasaron varios días hasta que don Ramón se animó a volver por aquel camino de noche. Esta vez iba acompañado por su sobrino, un muchacho que se reía de las historias de aparecidos y decía que todo tenía una explicación.
Llegaron unos minutos antes de la medianoche.
Esperaron en silencio.
A las doce en punto, la luz volvió a encenderse.
—¡Te dije que no era mentira! —murmuró don Ramón.
Su sobrino se acercó a la tranquera y alumbró la casa. No encontró cables, ventanas iluminadas desde otra construcción ni señales de que alguien hubiera entrado recientemente.
Entonces vio algo que no había advertido antes: junto a la puerta había una pequeña silla de madera.
Sobre ella descansaba una lámpara antigua.
La luz se apagó otra vez.
Y desde el interior llegó una voz débil, casi un suspiro:
—¿Ya llegaron?
Los dos hombres corrieron hacia la camioneta. El sobrino, que hasta ese momento se había burlado de todo, no volvió a pronunciar una palabra durante el viaje.
Lo que encontraron al amanecer
A la mañana siguiente, don Ramón regresó acompañado por otros dos vecinos. El sol iluminaba el puesto y, a plena luz del día, la casa parecía solamente una construcción vieja y olvidada.
La puerta estaba cerrada, pero no tenía candado.
Al entrar, encontraron muebles cubiertos de polvo, una mesa partida y restos de periódicos antiguos. No había señales de que alguien viviera allí.
En una habitación descubrieron una fotografía amarillenta. Mostraba a una mujer sentada junto a una lámpara, con una niña pequeña apoyada en sus rodillas.
Detrás de la fotografía, escrito con una letra temblorosa, había un mensaje:
«Cuando vuelvan los que se fueron, dejaré la luz encendida».
Nadie supo explicar quién había escrito aquellas palabras ni por qué la lámpara parecía estar en perfecto estado, a pesar de los años de abandono.
Los vecinos cerraron la puerta y se marcharon.
La última luz
Desde aquella mañana, la luz dejó de aparecer durante varias semanas.
Don Ramón llegó a convencerse de que todo había sido una combinación de sombras, cansancio y sugestión. Hasta volvió a pasar por el camino después de la medianoche, sin detenerse.
Pero una noche de invierno, mientras regresaba a su casa, vio algo que le hizo apretar el volante.
La luz había vuelto.
Solo que esta vez no estaba en la ventana del viejo puesto.
Estaba en la ventana de su propia casa.
Don Ramón aceleró. Al llegar, encontró la vivienda a oscuras y a su familia durmiendo. No había ninguna lámpara encendida ni nadie despierto.
Sin embargo, sobre la mesa de la cocina había una fotografía que él nunca había visto.
Era la misma mujer del viejo puesto, sentada junto a la niña.
Y en el reverso, con aquella misma letra temblorosa, había una frase nueva:
«Ahora sabemos dónde encontrarte».
Desde entonces, don Ramón nunca volvió a viajar solo de noche por aquel camino.
Y los vecinos aseguran que, cuando el viento sopla desde el monte y el reloj marca las doce, una luz amarillenta vuelve a aparecer en el viejo puesto.
Aunque, por supuesto, nadie ha podido demostrar que sea algo más que una historia de campo.
¿Vos te animarías a pasar frente a ese puesto a medianoche?
Este relato es una ficción original inspirada en la atmósfera y las historias misteriosas del campo argentino.
Brujitas Habilidosas en la Web: historias, leyendas, misterios y un poquito de magia para quienes todavía disfrutan de lo inexplicable.

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